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Llegó el día en el que te vi por primera vez, el momento en que finalmente te tenía en mis brazos. Pequeño y perfecto; vulnerable y hermoso; único y mío. ¿Mío?, así te sentía, mío. Te habías formado en mi, alimentado de mí, salido de mí. Y ahora, justo ahora, en verdad sentía que me había convertido en TU mamá.

Recibí, como seguramente a ustedes les pasó, un sin número de consejos bien- intencionados de las personas que me rodeaban, en especial los primeros días de haberme convertido en madre. Esos días en los que esta nueva mamá tenía miles de miedos, preguntas, inseguridades, dudas, pero también llena de ilusiones y sueños que giraban en torno a mi bello bebé.

En cada consejo había amor, y buenas intenciones, pero no siempre las personas estaban bien informadas o no estaban bien fundamentados estos pequeños tips. Incluso, mucho de ellos eran consejos que simplemente habían sido pasados de generación en generación. Y aquí entraba la duda si había que tomarlos porque han funcionado por tantos años, o bien, hacer lo que las nuevas investigaciones dictan aunque se contrapongan entre ellos.

“Dale pecho a libre demanda.”, Si se queda con hambre, dale un biberón.”, “Debe dormir en su recámara.”, “Practica colecho.”, “Deja la cuna a un lado de tu cama.”, “No lo dejes llorar”, “No lo cargues tanto que se puede -embracilar- “, “No llora sangre.”, “Te va a tomar la medida.”, “Le puedes ofrecer agua o té si ves que tiene sed.”, “Un bebé toma exclusivamente leche hasta los 6 meses.”, “Báñalo en la regadera.”, “Báñalo en la tina.”…

En fin, podría seguir… Pero definitivamente todos estos consejos no ayudaban mucho, lejos de orientar a esta nueva mamá; crean más dudas de qué será, evidentemente, lo mejor para el recién nacido.

Pero después de esas grandes confusiones y dilemas en mi cabeza de mamá primeriza un poco asustada, llegó esa lección, las mejor de todas. Fue una sola palabra, la cual, curiosamente venía de un hombre, y todavía más impresionante de un hombre soltero y sin hijos.

Sin embargo, era la afirmación que yo necesitaba en ese momento. Era la palabra tan sencilla pero tan PODEROSA que tenía que hacer consiente y tener presente para iniciar este camino.

Así que, yo quiero compartirte esa palabra mágica que me dio valor, que me empoderó, que me hizo ser dueña de mi maternidad, que me permitió ser libre de decidir, que me invitó a seguir investigando, que me dio la seguridad de defender mis ideas y el estilo de mamá que quería ser para mi hijo.

CONFIANZA, palabra tan fácil de decir pero tan difícil de poner en práctica en esta nueva etapa de la maternidad.
CONFÍA en tu cuerpo, en tus brazos y besos para consolar.
CONFÍA en tu instinto y en tus decisiones.
CONFÍA en que lograras distinguir cuál es la mejor información.
CONFÍA en lo que quieres para ti, tú bebé y tu nueva familia.
CONFÍA en ti como nueva mamá.

¡CONFÍA en que eres la mejor mamá para tu pequeñ@ y en que lo estás haciendo bien, muy bien!

Simplemente, CONFÍA en ti!


Te saluda, Una mamá que ya aprendió a confiar en ella misma.

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